6:30 am, ¿qué horas son, mi corazón?

Y yo que apenas necesitaba quien me empuje, ahí estaba parada en medio de la noche de frío polar cuando apareció alguien de azul y como si yo tuviera poco me incitó a conocer su invierno. Utilizando artimañas me tentó con desafíos sabiendo que no iba a querer ser menos. Entonces me atrapó. Y así me adentré en su mar de cian y manchas negras engamadas en azules cielo con destellos de blancos fugaces a los que la gente les pedía deseos. Para cuando pude recordar de dónde venía ya estaba demasiado adentro, entonces solo me entregué y empecé a flotar. Con el tiempo fui adoptando sus costumbres y las volví propias, me creí dueña y protagonista de todos su pasos, de su propia historia. Adoré sus rituales y repetí sus rutinas. Quise sus cosas y respeté sus tiempos. Pero un día me desperté y ya su cama no me mecía. Aquella invitación estaba vencida, no volví a ser bienvenida en sus pigmentos y los destellos que irradiaba habían desaparecido. Yo que apenas me había atrevido a flotar ahora me estaba hundiendo, y ya no encontraba a mi azul animándome con su aliento.
Así fue como aquel universo paralelo de fríos polares y noches azuladas como el cielo horizontal fueron abandonándome despacito para que fuera entendiendo que ya me tocaba correrme de ahí. Es que sí, ellos me abandonaban a mí porque yo todavía no sabía de renuncias, si apenas sabía cómo había entrado.
Y un día abrí los ojos y vi verdes, después marrones y a veces grises. No habían celestes que se aproximen a mis noches teñidas de cian, pero habían vacíos en algunas horas y huecos en un par de rincones. Así fue como ella se me acercó sabiendo de mi búsqueda y sin presentarse se inclinó invitándome a probar conociendo que yo no iba a andar preguntando de nombres, es que veía su color y con eso me bastaba. Quería ser azul, pero no lo era. Era un espejo, pero no era realidad. Era lo poco que me faltaba, el empujón y palmada final. Y dije basta. La miré a los ojos y pronuncié “fin”. Dejé de caminar las calles que me acercaban, dejé de escribirle mensajes invisibles en el aire. Cerré los ojos y dejé de ver colores, me encontré con el silencio y él me conquistó. Había tanto ruido que él reinaba, sonaban mil alarmas pero pero ninguna lo tapaba. El traía la falta de sorpresas y por eso me gustó. Recordé mis noches y supe que me daba miedo teñirme de su color, así que elegí un planeta en el que todos los colores se entremezclaran y se volviera imposible reconocerlo. Le murmuré al oído que vaya él a encontrarse entre tanto grafito triturado de colores desteñidos, de acuarelas saturadas de agua y de transpiración. Me dormí y soñé con su respuesta que gritaba entre desgarros que no sabría cómo reconocer su esencia, que estaba todo salpicado.
Y así fue como pensé en anular el olfato, pero ni falta hizo, el hedor del cadáver que habíamos olvidado ya cubría toda nuestra atmósfera, si es que aún se llamaba nuestra.
Supe que ya no había ni tampoco existía el camino hacia atrás. Me quedé en paz con mi saber, pero ya no me confiaba y de vez en cuando lo miraba con sospechas.
Agarré un marcador negro, uno de no color, y en unas hojas maltrechas por el tiempo dibujé finales y los titulé con letras. Suspiré, respiré y me dormí. Me esforcé por no temerle al sueño, porque ansiaba descansar. Le dije “chau, que tengas suerte” y hasta le regalé un par de sonrisas para el camino porque ya no tenía más palabras para estrenar. Solté el marcador negro y le imploré silencio, como rogándole le pedí callar. Abandoné la voz y acomodé a un costado el desvelo. Traté de no hablar más de colores y de creerle a los remedios. Separé los miedos y los puse al otro costado, abracé al ego que se veía desprotegido y friolento. Algunas veces le lloré a las broncas, pero ni lágrimas tuve para regarlas. Algunas veces hice pucheros, otras veces pateé tableros, pero nunca volví a dejar que los blancos y los negros se confundieran entre los grises. Y cuando me alcanza el frío me escondo en algunos labios sin siquiera detenerme a observar su color carmesí.

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